Desarrollo Industrial del Campo Colombiano, una apuesta efectiva para la transformación del territorio.
El campo se ha visto desde antaño como la despensa de alimentos frescos del hogar, y se ha dado el nombre a los labradores de la tierra como campesinos, relegando este titulo al proceso de trabajo pesado de cultivar la tierra, sin oportunidad alguna de avanzar en el proceso en la gran mayoría de los casos, principalmente aquellos campesinos ligados a la falta de oportunidades y las mismas exclusiones sociales.
El trabajo del campo se ha concebido principalmente en las zonas rurales alejadas como el proyecto de vida por excelencia de los hijos e hijas de familias campesinas, quienes han adquirido conocimientos tradicionales de labranza y producción, sin contar con oportunidades de formación académica que permita ir adelante cuando menos en procesos de mejoramiento de la calidad y las buenas practicas agropecuarias, mucho menos en procesos de industrialización de las cosechas.
La industrialización y la transformación incluido el valor agregado que trae las anteriores, se ha relegado a otra legión de la sociedad, quienes a costa del trabajo, el sudor y el sacrificio han engrandecidos sus patrimonios, sometiendo a los campesinos a trabajar para estos a unos precios de venta de la producción que en muchas ocasiones desestimulan el trabajo agropecuario.
La corrupción y las malas prácticas políticas de las regiones de Colombia, han incluido el tema de la industrialización del campo únicamente como un discurso de campaña para atraer la atención de los incautos campesinos, pero que se ha quedado en el papel o en otros casos como el nuestro en el departamento del Meta, se han quedado en monumentos a la criminalidad y deficiencia en la gestión fiscal de nuestros recursos.
La industrialización agropecuaria trae consigo mejoramiento en las practicas de producción, estimulación en la plantación de cultivos de uso licito y la erradicación voluntaria de cultivos de uso ilícito, la estabilización en los precios de los productos frescos, y lo más importante, la adición en los ingresos de las familias campesinas dadas por este proceso.
Adicional a esto, se estimula la formación profesional de los y las jóvenes campesinas, quienes introducirán buenas practicas agropecuarias y con ellas, el mejoramiento de la calidad de la producción para competir con mercados nacionales e internacionales.
Estos cortos renglones, son unas de las pocas posibilidades de desarrollo de las familias campesinas y su estimulo para hacer crecer nuestro campo, y con ello, nuestras ciudades.
El trabajo del campo se ha concebido principalmente en las zonas rurales alejadas como el proyecto de vida por excelencia de los hijos e hijas de familias campesinas, quienes han adquirido conocimientos tradicionales de labranza y producción, sin contar con oportunidades de formación académica que permita ir adelante cuando menos en procesos de mejoramiento de la calidad y las buenas practicas agropecuarias, mucho menos en procesos de industrialización de las cosechas.
La industrialización y la transformación incluido el valor agregado que trae las anteriores, se ha relegado a otra legión de la sociedad, quienes a costa del trabajo, el sudor y el sacrificio han engrandecidos sus patrimonios, sometiendo a los campesinos a trabajar para estos a unos precios de venta de la producción que en muchas ocasiones desestimulan el trabajo agropecuario.
La corrupción y las malas prácticas políticas de las regiones de Colombia, han incluido el tema de la industrialización del campo únicamente como un discurso de campaña para atraer la atención de los incautos campesinos, pero que se ha quedado en el papel o en otros casos como el nuestro en el departamento del Meta, se han quedado en monumentos a la criminalidad y deficiencia en la gestión fiscal de nuestros recursos.
La industrialización agropecuaria trae consigo mejoramiento en las practicas de producción, estimulación en la plantación de cultivos de uso licito y la erradicación voluntaria de cultivos de uso ilícito, la estabilización en los precios de los productos frescos, y lo más importante, la adición en los ingresos de las familias campesinas dadas por este proceso.
Adicional a esto, se estimula la formación profesional de los y las jóvenes campesinas, quienes introducirán buenas practicas agropecuarias y con ellas, el mejoramiento de la calidad de la producción para competir con mercados nacionales e internacionales.
Estos cortos renglones, son unas de las pocas posibilidades de desarrollo de las familias campesinas y su estimulo para hacer crecer nuestro campo, y con ello, nuestras ciudades.
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